Durante la persecución de Decio, Fortunato gobernador de las provincias africanas, publicó el decreto imperial y anunció a la población de Cartago: “¡Sacrificad a los dioses o preparaos al suplicio!,” e hizo una demostración de los instrumentos de tortura. Muchos cristianos, atemorizados renunciaron a su fe, pero hubo cuarenta que se mantuvieron firmes. Fortunato los hizo comparecer ante su tribunal para echarles en cara su obstinación. Entonces habló en nombre de los cristianos un joven llamado Terencio, con estas palabras: “Jesucristo es el Hijo de Dios, que murió en la cruz para salvarnos. Es a El a quien adoramos.” El gobernador repuso: “¡Adorad a nuestros dioses o moriréis!” “Hablo por mí y por mis hermanos, repuso Terencio, ninguno de nosotros es tan cobarde para abandonar a Jesucristo y adorar a tus dioses de piedra. Haz lo que quieras.”
El gobernador ordenó que los cuarenta cristianos fueran conducidos desnudos a la explanada del templo de Hércules, donde reiteró sus amenazas, pero como los cristianos permanecieron firmes, mandó que Terencio, Pompeyo, Africano y Máximo fueran azotados hasta que invocaran el nombre de Hércules. Ante la firmeza de los cuatro, mandó que los arrojaran a la hoguera en presencia de sus compañeros. Entre las llamas los mártires de Cristo, entonaron el himno de los Macabeos. Terminado el suplicio, Fortunato, trató de hacer apostatar a los treinta y seis restantes sin mayor éxito; los envió a prisión cargados de cadenas y sucesivamente, uno por uno, alcanzaron la gloria del martirio, por la espada y por el fuego.
Los restos de estos mártires fueron recogidos por los cristianos y sepultados en Cartago hasta el siglo IV, cuando fueron trasladados a Constantinopla. Sus nombres se encuentran registrados en diversas fechas de los sinaxarios.




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