El final de estos maravillosos mártires, marido y mujer, es admirable. Durante el reino de Diocleciano, fueron traídos ante la corte de Arriano, gobernador de la Tebaida, por su fe cristiana sólo veinte días después de su matrimonio. Timoteo era lector en su iglesia local. El gobernador le preguntó: «¿Quién eres?». A esto Timoteo respondió: «Soy cristiano y lector en la Iglesia de Dios». Y el gobernador le dijo: «¿No ves estos instrumentos preparados para tortura que te rodean?». Timoteo contestó: «¿Y no ves los ángeles de Dios que me fortalecen?». Entonces el gobernador ordenó que una vara de hierro le fuera atravesada por los oídos para que sus ojos le brotaran del dolor. Después de esto, le colgaron por los pies y pusieron un pedazo de madera en la boca. Al principio Maura estaba atemorizada a causa de los sufrimientos de Timoteo, pero cuando su esposo la alentó a hacerlo, ella también confesó so fe firme ante el gobernador. Entonces este ordenó que fueran arrancados los pelos de su cabeza, y después que se cortaran los dedos de sus manos. Después de muchas otras torturas, que les habrían hecho sucumbir si la gracia de Dios no les hubiese fortalecido, fueron crucificados uno frente al otro. Colgando así de la cruz vivieron por nueve días, aconsejándose y consolándose mutuamente en perseverancia. Al décimo día entregaron su alma al Señor por el cual sufrieron muerte en cruz y fueron hechos dignos de su Reino. Sufrieron honorablemente por Cristo en el año 286 d. C.




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